Publiqué el siguiente artículo hace algunos meses en el antiguo blog de Ventanazul, desde entonces ha recibido muchísimas visitas y creo que merece un lugar protagónico en ¿y si los matamos?, aquí va.
Actualización 15 de agosto 2007, terremoto en Perú: Comenta sobre nuestros estúpidos teléfonos de adorno.
Estoy harto, completamente harto de Telefónica. ¿Puedo hacer algo al respecto? No lo sé. Veamos si algo en las siguientes palabras resuena.
Telefónica de España simboliza en varios países la esencia de la incompetencia y la estupidez corporativa. Un mastodonte que aún ganando millones de dólares al año y controlando una gran red de telecomunicaciones, como monopolio en muchos países, incluido Perú, trata a muchos de sus clientes como animales.
No me importa que tanta tecnología o dinero tenga Telefónica. Una compañía que no sabe como lidiar con personas no debería haber llegado hasta donde Telefónica llegó. Punto.
En Telefónica tenemos un grosero ejemplo de hipocresía y falta de respeto a la inteligencia de todo bípedo con una pizca de auto estima. Basta con ver, escuchar o leer alguno de sus ridículos anuncios.
Familias felices conectadas a través de la maravillosa, y carísima, larga distancia, parejas de enamorados hablando vía celular hasta el cansancio, risueños abuelitos compartiendo “quality time” con sus nietos. ¿Y porqué no le damos el Nobel de la Paz a Bush también?
La mayoría de protagonistas son blanquitos de clase media. Esos jóvenes deben ser de la U. de Lima, definitivamente, se ven tan cool.
Y cuando vemos algún personaje ligeramente autóctono, está con poncho o polleras, tiene una vicuña cerca y el narrador nos recuerda la gran cobertura de los servicios de Telefónica. Si el usuario está en la selva por lo general se encuentra sobre una balsa o con el rostro pintado.
Todos los representantes de la compañía aparecen siempre sonrientes y muy bien vestidos, corbatita para los hombres y traje de sastre para las mujeres. Casi puedo oler su perfume y sentir las nauseas.
Hijos que llenarían de orgullo a mamá y papá “Mi Juanito trabaja en la Telefónica”, “Hija, la Meche ya tiene cinco años con los españoles.”
¿Alguien dijo estereotipos?
¡Pura mierda!
¿Puede algún torpe publicista considerar todo esto parte de una campaña de branding? El término ha sido manoseado hasta el cansancio y en la mayoría de los casos solo significa llenar los medios de basura.
Inca Kola sabe lo que es branding. Tomarme una es mucho más que calmar la sed, mucho más que acompañar los anticuchos o el pollo a la brasa. Es... simplemente una Inca Kola, la bebida de sabor nacional. No hay más que decir cuando el branding es evidente.
Telefónica no tiene idea de lo que es branding. El cariño de los clientes no se gana con publicidad, sino tratándolos con respeto, preocupándose por ellos y ofreciéndoles productos de primera.
Cuando hace unos meses se lanzó la nueva imagen de Movistar, con exageradísimas celebraciones, teniendo como punto central un logo hecho de chicle y sin ningún significado aparente, muchos nos dimos cuenta que todo era parte de una gran broma.
Sí, debe ser una broma. Gastar tanto dinero en publicidad que no necesitan.
Sabemos que son una mala compañía, los odiamos pero les damos nuestro dinero. No necesitamos ver su publicidad para hacerlo. Somos clientes de Telefónica porque simplemente no tenemos otra opción.
Uso Speedy, así llama Telefónica a su servicio de conexión ADSL en Perú, porque no he podido encontrar más opciones para estar conectado a la Red.
Hace algunos años usé Cablenet, también de Telefónica, durante casi un año y no lo soporté. La conexión era lentísima, los cortes frecuentes y el servicio de asistencia técnica al cliente provocaba tomar un trago de veneno para ratas.
Telefónica maltrata a quienes pagan por su carísima propaganda, sus clientes.
Es que en Telefónica el cliente nunca tiene la razón. El trámite interminable, las cartitas, los cargos rimbombantes, la torpeza y la burocracia parecen ser marca registrada. ¿Entrenan a su gente para actuar como lo hacen? Mostrando el mayor desprecio por el tiempo y la salud mental de sus clientes.
¿Es genuina la incompetencia que demuestran muchos empleados de Telefónica o es solo parte de un plan maestro para domar a los clientes que se atreven a reclamar?
¿Qué es peor? ¿Tratar con verdaderos débiles mentales o con quienes fingen serlo?
Hace algunos meses fui a una sucursal de Telefónica para pedir un traslado de línea telefónica. Conduje cuarenta kilómetros llevando una “carta” de tres párrafos que simplemente decía “trasladar línea telefónica del punto A al punto B”. Perdí la mitad del día para recibir a cambio una fotocopia de mi ridículo mensaje con un sello.
Dos semanas después recibí un documento de Telefónica, otro papel, que decía que no podían realizar el traslado. Citaban “consideraciones técnicas” y me recordaban lo valioso que soy para ellos, lo comprometidos que están en brindar más y mejores servicios y bla-bla-bla. La típica basura que muchas compañías recitan cuando quieren decir “nos importas un carajo.”
Telefónica no podía, no quería, trasladar mi línea porque debían colocar un par de postes más para llegar hasta mi nueva casa. Eso lo explica todo. Un verdadero reto de ingeniería para una compañía que ha pasado los últimos años plantando postes y tirando cables por todo el planeta.
Imaginemos que esta compañía telefónica, y que se llama Telefónica, permita a sus usuarios hacer estos trámites por... no sé... ¿teléfono? Nos ahorraríamos el tiempo y el desequilibrio mental que origina cada visita a sus oficinas.
¿Y que tal si tuviéramos la opción de hacer los trámites por Internet? El costo de producción de uno de sus aburridísimos comerciales debería ser suficiente para poner esto en marcha. Si no lo hacen es porque no quieren. No hay excusas.
Se pueden contratar los servicios de Telefónica por teléfono, incluso se “firma” el contrato por esa vía. ¿Porqué es tan fácil adquirir sus servicios pero tan difícil reclamar cuando algo no marcha bien?
No hay que ser muy perspicaz para notar que a Telefónica le interesa solo una cosa: vender. Solo necesitan que caigas en su telaraña y de allí en adelante estás jodido. ¿Qué vas a hacer? ¿Llamar al 102 y gritarle a la maquinita? ¿Perder medio día llevando cartas para recibir respuestas enlatadas?
El día que visité la agencia de Telefónica en el Jockey Plaza, el atiborrado centro comercial limeño, me desperté muy temprano para terminar cuanto antes con el asunto. Llegué antes de las 9 de la mañana y tuve que esperar y hacer cola hasta las 11, hora en que empezaban a atender.
Cuando las puertas se abrieron allí estaban paradas las entidades conocidas como “representantes de servicio al cliente”. Luego de otra cola recibí un ticket y fui conducido por uno de los amaestrados, sintéticamente sonrientes y casi relucientes individuos hasta su puesto, a su “módulo”.
¿No sería más fácil si al abrir las puertas ya están todos listos para atendernos? ¿No se puede obviar este ridículo protocolo?
En esta misma agencia de Telefónica se puso en marcha otro plan que demuestra lo malévolos que pueden ser en la multinacional española: se retiraron las sillas para los clientes. Yep. Cuando llega el turno de ser atendido te acercas a uno de los módulos y no encuentras donde sentarte. Debes estar parado mientras explicas tu problema, entregas papeles, completas formularios y soportas el tonito condescendiente de los todopoderosos Telefónica boys and girls.
Recuerdo que pedí una silla y me la dieron, y hubiera apreciado el gesto de no ser porque se trataba de un asiento minúsculo desde donde ahora veía a una omnipotente mujercita vestida de azul y verde sobre mi cabeza.
¿Qué es eso? ¿Psicología barata para doblegar al cliente mucho antes de que pueda explicar su problema? Conozco una palabra para esta situación: crueldad.
¿Donde quedan los derechos de todos los discapacitados, ancianos, mujeres embarazadas o simplemente personas agotadas luego de dos horas de colas y viajes? ¿Qué pasó con los risueños abuelitos de la propaganda? ¡Oh! Eran solo actores. Naturalmente.
A principios del año 2006, la soleada California (entre Chaclacayo y Chosica, a 40 km. de Lima) fue el blanco recurrente de un grupo de delincuentes que se dedican a robar cables de teléfono.
Cada fin de semana durante casi tres meses no tuvimos teléfono, TV por cable o acceso a Internet en la zona. Cada semana llamaba al 102 y le daba mi número de teléfono a la maquinita para luego esperar uno, dos y hasta tres días hasta que el servicio fuera restaurado.
En las pocas oportunidades en que pude hablar con un ser humano no recibí mayor explicación que “envíe una carta con su reclamo.” Cuando pregunté si podía enviar mi carta por correo (el convencional, no el electrónico) porque no tenía las ganas ni el tiempo para el viajecito a la bulliciosa Lima me dijeron que era mejor en persona. ¡Vaya! Eso es progreso.
Al menos el tipo supo reconocer que “si pues, la burocracia es así.” Tengo su apellido pero prefiero no mencionarlo pues sus jefecitos de seguro lo transforman en taxista al saber que uno de sus empleados (imagino no es el único) opina así de la compañía.
Una persona en el departamento legal de Telefónica del Perú, abogado de Telefónica, me dijo que la empresa tenía “por ley” hasta 72 horas para corregir cualquier problema en su infraestructura. ¿Qué significa eso? ¿Que le basta a Telefónica con ofrecer sus servicios solo cuatro de los siete días de la semana y es legal?
¿Donde queda el dinero que perdemos en esos tres días sin conexión? ¿Se transforma en una deliciosa paella en la mesa de algún gerentillo de la española?
Propongo denunciar a Osiptel cada robo de cable, incluso cuando sea atendido “dentro del tiempo que estipula la ley”. Entiendo que Osiptel es la encargada en Perú de garantizar adecuados servicios de telecomunicaciones y quien debe multar a Telefónica por sus constantes atropellos.
Luego de casi tres meses el robo de cables se detuvo. No sé si fue porque los vecinos de California enviamos una carta (¡como le gustan las cartas a estos idiotas!) o porque los ladrones (me refiero a los que se llevaron los cables, no a Telefónica) se aburrieron y tomaron vacaciones.
Algunas versiones señalaban a los propios técnicos de Telefónica, quienes reponían el cable, como los autores de los robos. Teoría nada descabellada en el país de las maravillas.
Hace unas semanas los robos han empezado otra vez. Ahora no solo son los fines de semana. Escribo esto un martes. Hoy muy temprano el teléfono ya estaba muerto y los cables en el inventario de los chicos malos.
Uno de los muchachos de la cuadrilla de reposición, a quien llamaré T, me comentó que “son ex compañeros, e incluso algunos que siguen trabajando, los que roban los cables. Todos sabemos eso.” ¿Cómo? Estos tipos no cortan los empalmes entre cables y postes, los dejan para “facilitar” la reposición. “Un 'telefónico' siempre deja los empalmes, incluso nos dejan pedazos de cable colgando para nosotros, de allí sale nuestra gaseosa, nuestro menú. Así nos recurseamos. A nosotros nos conviene que roben cables; de esos vivimos.”
Claro. ¡Y se llama Perú! Con P de podrido.
“Esto le debe costar bastante a Telefónica,” pregunté ingenuamente. “A Telefónica no le cuesta ni mierda. Todo lo paga el seguro,” respondió T. “Todo este cable de cobre va para los chatarreros. Si los policías capturan al ladrón, se quedan con el cable y ellos mismos lo venden. ¿Sabes cuantos robos de cable tenemos reportados en los primeros ocho meses del 2006 solo en Ate y Chaclacayo?”, “¿mil?”, estimé queriendo exagerar. “Mil quinientos.”
¿Y cuánto cuesta cada una de estas reposiciones? T estima unos veinte mil soles (alrededor de US$ 6000). Eso quiere decir que en solo dos distritos de Lima, en ocho meses del 2006, se ha perdido al menos nueve millones de dólares por el robo de cables.
¿Quién es el culpable? ¿No es obvio? Telefónica ha creado un sistema de empresas contratistas, Cobra, Itete y muchas otras, algunas de ellas controladas por sus amigos españoles, para atender problemas técnicos. Estas empresas a su vez contratan a otras, más pequeñas, en una de las cuales trabaja T.
“Entre Telefónica y nosotros hay una mierda llena de burocracia,” confiesa T, “ellos y sus contratas cobran el cuarenta por ciento de cada trabajo tan solo por pasar papeles y a nosotros nunca nos pagan a tiempo. Es una pendejada. ”
Un poquito de matemáticas por favor. ¿Significa esto que además de obtener un pésimo servicio estamos pagando en cada recibo de teléfono el sueldo de una sarta de inútiles burócratas (sí, ya sé que es redundante)?
Le pregunté al tipo del 102 porque debo pagar por 30 días de servicio cuando solo obtengo 20 y agudos dolores de cabeza. ¿Su respuesta? ¡Que escriba una puta carta! ¿Donde estamos? ¿En 1900?
Afortunadamente T me dio su número de teléfono celular para que lo llame en próximas emergencias, que de seguro las tendremos. El tipo tiene trabajo cada vez que roban los cables.
Además me dio un consejo que es muy importante que todos pongamos en marcha: “Si una avería toma más de 48 horas en solucionarse Osiptel le debe poner una multa a Telefónica. La mayoría de casos no son reportados. Debes reportar cada problema a Telefónica para que les pongan una multa y los jodan.” ¡Grande T! A partir de ahora nunca más llamaré al 102, llamaré a Osiptel para quejarme y a T para reponer los cables.
Me rehuso a creer que ni una sola persona en Telefónica se preocupe en solucionar el problema del robo de cables. ¿Qué puedo pensar? ¿Que les importa un comino? ¿Que son unos ladrones?
¿No pueden detener los robos? Bien, entonces no cobren los días en que no tenemos servicio.
No necesitamos llamarlos para avisarles cuando eso sucede. No tenemos teléfono, ¿recuerdan? Telefónica puede monitorear todas sus líneas y saber en que días están activas o no. Es más, no solo deberían hacer un descuento por los días de servicio, deberían realizar un pago de compensación por daños y perjuicios a sus clientes. Y todo esto debe ser automático.
Me gustaría también que uno de los hombrecillos o mujercitas de traje nos visite en casa para pedir perdón de rodillas, pero creo que es mucho pedir.
Sé que en Argentina, además de compensar a sus clientes, Telefónica debió pagar altas multas por el problema de robo de cables. ¿Porqué no en el Perú?
Estoy harto, completamente harto de Telefónica. ¿Podemos hacer algo al respecto? Sí, si podemos.
Estoy seguro que veremos muchas más ideas en los comentarios.
Muchas compañías telefónicas deben querer competir en el mercado peruano. Es una gran oportunidad y no puedo imaginar mayor ventaja que simplemente “no ser los tiranos de Telefónica.” Venga la empresa que venga, si no es Telefónica, me voy con ellos sin pensarlo dos veces.
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